02 febrero, 2016

Disolución: transporte aéreo

Es la bien conocida y divulgadísima imagen –presente en los tratados simbólicos, en los libros de emblemas y las pinturas del Renacimiento y del Barroco– del ave del paraíso, sin patas, que jamás puede posarse y que el viento llevará a su antojo por los cielos sin mancharse por el contacto con la tierra... Pero ¿cómo hará el nido y criará a su prole en estas condiciones? La respuesta, con su consiguiente aprovechamiento religioso, está en el emblema XXII del Orpheus eucharisticus (1657) de Augustine Chesneau. La hembra empolla los huevos sobre el lomo del macho sin dejar así de volar.


Algo habrán leído los protagonistas de esta foto, sacada de National Geographic
la semana pasada, que ha despertado su espíritu de emulación.

¿O solo es que hay uno más listo que el otro?

 

Sin duda la comadreja, como sabe cualquier fabulista, es más astuta
 que el vistoso pájaro carpintero.


02 enero, 2016

El tesoro de los judíos


En Cerdeña, en el casco antiguo de la bilingüe Alghero / Alguer, las denominaciones callejeras respetan la convivencia. Los nombres, sin embargo, no son meras traducciones. Hablan de mundos muy diferentes. Los nombres italianos son los usuales signos unificadores del nacionalismo italiano que vemos en todas las ciudades del país: los lugares simbólicos y los héroes que articularon esta nación hace ciento cincuenta años. Los rótulos catalanes, en cambio, mantienen los habituales nombres medievales de una ciudad introspectiva: santos, advocaciones, monumentos históricos locales, huellas de la historia propia. La Calle de Carlos Alberto, rey de Cerdeña y Piamonte, por ejemplo, es en catalán la de San Francisco; la del garibaldino Ardoino es la Calle del Correo Viejo; Vía Roma es, en un extremo, la Calle de Santa Ana y en el otro la de las Escaleras del Campanario; la Plaza de los Ciudadanos es la Plaza del Pozo Viejo y la calle del político italiano Manno es en catalán la del cementerio.

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La calle con el nombre del héroe de la Primera Guerra Mundial Giuseppe Bertolotti es en catalán el Carreró dels Hebreus (seguramente denominada antes, más directamente, «dels jueus»), Calle de los Judíos. Y esto en una ciudad donde no ha habido judíos desde hace más de quinientos años.


También hay otra plaza en el casco antiguo cuyo nombre es el mismo en ambos idiomas. Al no estar traducida al italiano los forasteros no deben entenderlo del todo, y sí los hablantes locales de catalán: Piazza / Plaça de la Juharia – la Plaza de la Judería.


La memoria local guarda en la nomenclatura de las calles el recuerdo de los judíos expulsados en 1492.

Hasta las armas que protegen los bastiones del puerto son de dos tipos. Arriba, una del reino de Italia, abajo otra propia de los catalanes.


Los primeros asentamientos judíos importantes, al igual que en Mallorca, se fraguaron en l’Alguer con la conquista catalana, una parte como inversores o financieros y otra como soldados. En 1353, cuando Pedro IV de Aragón se decidió a poner fin a una disputa de siglos de antigüedad y conquistar Cerdeña a los genoveses, suscribió primero un importante préstamo con los banqueros judíos de Cataluña, prometiendo recompensarles con posesiones en la isla una vez conquistada. Su ejército también incluía un buen número de soldados judíos que –al igual que hizo Jaime I en Mallorca– fueron gratificados ​​por sus servicios con propiedades en l’Alguer. Los documentos conservados mencionan unos veinticinco nombres: Salamón y Jucef d’Alcatraz, de Castilla, Murduto y Maymone Seciliano, Vital Codonyo y Jucef con sus hijos, de Sicilia, Isach Levi, Jahudano Ataf, Mosse Exalo, Isach Sucra y Abram Sanoga de Lleida, Mosse Amarello, Mosse Avempu, Samuel Botrom, Abraham y David Soriano de Calatayud, un cierto Samuel de Segorbe, Isach Merdona, de Mallorca, Janton Gabay, de Zaragoza, Haim Crespin, de Toledo, Samuel Juceff y David, de la valenciana Jérica, Jucef Salamonis Argillet, de Girona. Abrahim Abenxeha donó dos caballos acorazados para el asedio de la fortaleza, por lo que recibió una generosa recompensa. Ferrario de Santa Cruz fue pagado con un caballo armado después del sitio. Salamón Scarpa luchó por mantener su vida: había sido condenado a muerte por asesinato en Cataluña y se unió al ejército para obtener la amnistía prometida a los participantes en la campaña.

A los primeros colonos judíos se les entregó una parcela en el «cuerno» norte de la ciudad vieja, que se conocerá desde entonces como el barrio judío –aljama, judería o juharia–. Pero a diferencia de los guetos, más tarde no iban a rodearlo de muros. Se separaba de la ciudad cristiana tan solo por una calle ancha que desde la Edad Media se llama Plaza del Pozo Viejo porque justo aquí, entre los dos barrios, estaba el pozo público de la ciudad.




Los habitantes del barrio judío gozaron al principio del derecho a autoadministrarse. Era el kahal, que en catalán se transforma en call. La comunidad estaba encabezada por tres secretarios electos o nemanim, que recaudaban los impuestos y mantenían contactos con las autoridades reales. El kahal también tenía jurisdicción sobre los asuntos disciplinarios propios. En 1408, por ejemplo, como Eliezer ben David relata en una entrega de 1937 de La rassegna mensile di Israel, convocaron a un judío que había participado en una partida ilegal de dados. La parte peliaguda fue que su oponente en el juego había sido nada menos que el mismo rey de Aragón durante una visita que giró a la isla. Y el judío había ganado 160 florines de oro. Para salvarse le pidió al rey que le firmara una declaración de que él le había obligado a jugar bajo pena de muerte. El caso acabó ante el rabino Bonjua Bondavin, un médico oriundo de Marsella y la autoridad judía más alta de Cerdeña, cuya sentencia fue que en verdadero arrepentimiento el acusado debía ceder las ganancias para el ornamento de la sinagoga. Al final, el jugador prefirió aceptar la excomunión y guardar para sí los ciento sesenta florines de oro.

Los archivos del kahal se dispersaron con la expulsión de 1492, por lo que nuestras principales fuentes sobre la vida de los judíos son los registros de propiedad real y los documentos de los pleitos. Con ellos sabemos que los propietarios de las parcelas fueron principalmente comerciantes con una red de contactos que cubría toda la isla, la Península Ibérica y África del Norte, así como prestamistas, médicos, artesanos y soldados. Un médico especialmente prominente fue Eahim de Chipre, que escribió un libro sobre las plantas medicinales de Cerdeña y otro sobre el clima de la isla. En la década de 1370 una gran cantidad de nuevos compradores de tierras se registran desde el sur de Francia a raíz de las persecuciones de judíos allí habidas. A inicios de la década de 1400, una tercera ola llega de Provenza, incluyendo algunos linajes muy ricos, como los Bellcaire, Lunell y Carcassona. Unos documentos legales de 1.376 mencionan al rico comerciante Jacob Bessach, que hirió al barbero cristiano Pietro Seguert con una espada. En 1381 el mismo comerciante y su mujer venden una parcela de tierra para el kahal a fin de que se construya una sinagoga. Y en 1448 la sinagoga necesitará una ampliación pues ya vivían allí más de 700 familias judías.

El único documento procedente del kahal de l’Alguer, que se ha conservado encuadernado es la ketubbah, carta de matrimonio dada por Shelomo ben Zarch, de Carcassona, a Bella bat Merwanha ha-Sheniri en el sexto día del mes de Shevat en 5216, es decir, el 9 de enero de 1456 «en la ciudad de Alguer, a orillas del mar». El novio promete a la novia que «… te cuidaré, enterraré y alimentaré según la costumbre de los judíos». Por esta cláusula, Bella seguía siendo dueña de la totalidad de su dote, como era costumbre entre los judíos de Aragón. El documento, analizado en detalle por Amira Meir en la edición de 2009 de Materia Giudaica ha sido incluido también en the World Digital Library.


El jefe de la rica familia de los Carcassona, Samuele, llegó en 1422 de Provenza a l’Alguer, donde de inmediato se convirtió en secretario del call y encargado de los tratos reales. Sus hijos Maimone, Moisse, Zarquillo (Zarch, el padre del novio antes mencionado) y Salomone (Nin) todos ocuparon altos cargos, tanto en la comunidad como en la administración real. Construyeron su residencia en la calle principal del barrio judío, la de San Erasmo. Un palacio tan lujoso que Fernando el Católico escribió al virrey de Cerdeña –antes de la publicación del decreto de expulsión de los judíos– que la casa de «Nin de Carcassona» se ha de reservar para él como alojamiento real:

“…que la casa del Nin de Carcassona se reserve segons nos ab aquesta la reservam per abitacio real.”

El palacio sigue en pie y sigue siendo la casa más grande del barrio. Sus ventanas góticas están tapiadas y decoradas con esgrafiados Art Nouveau, pero su puerta arqueada es tardomedieval, al igual que la cara de sorpresa que aflora en la fachada del edificio. Hoy en día alberga el «Restaurante O» del chef Eoghain O’Neill, así que aún recibe huéspedes como en el momento de los Carcassona.

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En 1492, la orden de expulsión no llegó inesperadamente para los judíos de Cerdeña. El decreto real de 31 de marzo fue promulgado en Cerdeña el 28 de septiembre, por lo que los Judíos bien informados tuvieron tiempo de escapar con sus bienes muebles. El último judío abandonó la isla el 16 de diciembre. Sin embargo, muchos de ellos se convirtieron a la fe cristiana para permanecer allí. Como marranos iban a tener problemas con la Inquisición hasta generaciones después. Así le pasó a Antonio Angelo de Carcassona que, ordenado sacerdote, fue convocado ante el tribunal en 1580 porque predicó desde el púlpito –en total consonancia con la carta de san Pablo a los romanos– la cualidad de elegido del pueblo judío. Se consideró circunstancia agravante que muchos de sus parientes huidos al extranjero habían regresado al judaísmo, como su hermano, rabino de Cracovia. Elio Moncelsi en su libro Ebrei in Sardegna (2012) ha recogido más de doscientos apellidos de origen judío todavía vivos en la isla. Un judío local convertido fue aquel intérprete de Colón, Luis de Torres, que en el Nuevo Mundo se dirigió a los indios en primer lugar en hebreo, sospechando que fueran los descendientes de las diez tribus perdidas.

La sinagoga se convirtió en iglesia, con la advocación delicadamente expresa a la Santa Cruz, por haber tenido los judíos algo que ver en ello. Cerca de la iglesia se construyó en 1641 el convento e iglesia de Santa Clara, de la orden de las Isabelinas, es decir, las clarisas reformadas. Al disolverse la orden en 1855, el convento fue convertido en hospital, que en 1902 también integró la Iglesia de la Santa Cruz. En 1909 la iglesia fue finalmente derribada y todo el hospital reconstruido como Ospedale Marino «Regina Margherita». Hoy en día solo el nombre de la pequeña plazuela delante del edificio recuerda a la antigua Chiesa de la Santa Croce / Esglèsia de la Santa Creu.

El barrio judío en el mapa de 1870 de l’Alguer de C. G. Gerenzani. La B marca la iglesia de Santa Cruz, la C la de las clarisas, y la I el hospital. Del blog sobre el antiguo hospital.

En el siglo XIX, el fantasma de los judíos regresó de nuevo a la antigua sinagoga. En 1820 se difundió la noticia de que los judíos exiliados habían enterrado sus tesoros, lu sidaru, como dicen en sardo, en la sinagoga antes de salir de la isla. La noticia vino de Cià Crara, tenida por bruja y que en varias ocasiones había visto en sueños al diablo en la iglesia de la Santa Croce, sin duda protegiendo el tesoro. Este caso muestra a la vez que, no sólo los nombres de las calles, sino también la memoria colectiva conservaba claramente la presencia de los judíos pasados más de tres siglos desde su expulsión. El ilustrado gobierno sardo-piamontés se tomó la noticia en serio y nombró un comité para excavar la iglesia. Como era de esperar, no sacaron nada.

En 1847 volvieron a excavar. Esta vez, el párroco y tres ayudantes constituyeron una pequeña sociedad secreta a la que luego se unieron dos médicos de la ciudad. El secreto de la compañía lo demuestra el que un poema satírico empezó a correr de inmediato por las calles –lo publicó La Iŀlustració catalana unos treinta años más tarde–. Al parecer, antes del inicio de las excavaciones alguien –tal vez el propio autor–  dejó enterrada por burla una pequeña caja de hierro con un libro dentro, en alemán, sin valor alguno. Los buscadores de tesoros lo encontraron y creyeron que Dios se dirigía a ellos por medio de este libro, escrito en un lenguaje desconocido, para indicarles dónde estaba el tesoro. Buscaron a alguien que pudiera descifrar aquella lengua misteriosa y encontraron a Ferrandino Simó, el tonto del pueblo, que dijo que el libro estaba escrito en idioma mussulmà y contenía consejos preciosos sobre cómo deshacerse de la mosca blanca, y cómo curar una pierna torcida, una cabeza vacía y a quien hable en francés. El libro, termina el poema, aún lo muestra a los extranjeros, a la puerta de la ciudad, «el hijo de Chichu Piga», en el original junto con la traducción.

Desde entonces, nadie ha buscado el tesoro de los judíos en l’Alguer, pero lu sideru pasó a formar parte del folklore de la ciudad. La última excavación arqueológica en el lugar de la Santa Croce fue en 1997-1998, y aparte de las huellas de la antigua búsqueda del tesoro, salieron a luz los restos de la sinagoga y de la mikve.

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El antiguo hospital es ahora, en una parte, una biblioteca pública y en otra el departamento de arquitectura y diseño urbano. Los elementos de estilo del Oriente Medio adoptados en la reconstrucción moderna sugieren que alguna atención se ha prestado a la tradición judía del lugar. En el patio del edificio, abierto al mar, frente a la emocionante composición de la escalera exterior, se expone el fragmento de un viejo muro del antiguo barrio judío casi como si se tratara de una escultura. Y en la pared del edificio una placa recuerda la memoria de la antigua juharia.


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El Carreró dels Hebreus, la calle judía que parte de la plaza de la Santa Croce está flanqueado por alegres macetas improvisadas en botellas de plástico recortadas, mostrando la creatividad de los residentes. El yeso se ha renovado un par de veces en los últimos quinientos años, pero allí donde falta afloran las piedras talladas medievales frente a las que los antiguos habitantes judíos paseaban cada día. La calle asciende por una empinada rampa al paseo marítimo, en la antigua Puerta Marina, cuya protección fue una vez responsabilidad de los judíos. Sobre la puerta del bastión de San Telmo queda actualmente la última mujer judía que permaneció en la ciudad, la Virgen María mirando al puerto.



Elena Ledda: Duru duru Deus Adonai. Música sarda urbana que también conserva melodías y textos sefardíes

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Por la Calle del Hospital –en catalán, Calle de las Monjas– volvemos a la plaza del Pozo Viejo, frontera de la judería. Al otro lado de la plaza, o mero ensanche de la vía, se encuentra la Catedral. A este lado, una casa medieval en ruinas. El muro, que apenas llega a la rodilla, lo cubre un arbusto de flores azules fragantes. Alguien, como en los cementerios judíos, ha colocado respetuosamente una piedra sobre los restos de la pared.




30 diciembre, 2015

Dresden, Gemäldegalerie Alter Meister 1


¿Reconocéis las pinturas, fotografiadas en la Galería de Dresde, a partir de los detalles? Escribiremos debajo de cada imagen las que están identificadas. Con un clic en los títulos podréis ver la pintura completa.


Jordi Savall, Montserrat Figueras, Hespèrion XXI: Seguidillas en eco: De tu vista celoso. Del CD Folías Criollas (2010)

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15 octubre, 2015

Relación de las cosas de la Cristiandad que vimos en Persia y Armenia

Publicamos aquí nuestra traducción al español de uno de los pocos testimonios de primera mano de las embajadas europeas a la corte del Sha Abás el Grande. Su autor es el padre agustino Belchior dos Anjos, involucrado en una misión diplomática portuguesa encabezada por Luis Pereira de Lacerda durante los años 1604-1605.

Escena de la corte del sha Abás (derecha) y el valí Muhammad Khan. Palacio de Chehel Sotún, Isfahán

A fines del verano de 1604 el padre Belchior y su compañero Guilherme de Santo Agostinho anduvieron desde Isfahán hacia Julfa y Najicheván, visitando varios pueblos y conventos de las comunidades armenias católicas. Solo unas semanas más tarde el Sha Abás iba a decidir replegar sus fuerzas sobre la orilla sur del río Aras para dar desde allí la orden de destrucción total de las villas y la deportación de todos sus habitantes. Fray Belchior dos Anjos viajaría después él solo de Qazvin a Tabriz, comprobando las consecuencias terribles de aquella violencia sobre las gentes desarraigadas y trasladadas a la Nueva Julfa de Isfahán.

Estos dos frailes agustinos tienen el mérito de ser los primeros misioneros en describir las iglesias y reliquias de las provincias de Najicheván y Erentchag después del s. XIV y del apostolado de Bartolomeo de Podio (o de Bolonia) y de los Hermanos Unitarios, que convirtieron al catolicismo a gran parte de sus habitantes armenios. Solo habría que descontar anteriormente el interesante relato del recorrido de Miguel Ferreira por Armenia, en 1514, con su visita a Najicheván y, posiblemente, también al convento de Qerná, lugar de veneración del cuerpo de Bartolomeo de Podio.

Como puede leerse en el texto a continuación, los propios armenios que reciben al padre Belchior y al padre Guilherme les hacen saber que desde el s. XIV no han llegado hasta allí otros religiosos europeos. Pero Roberto Gulbenkian subrayó además que, si no los primeros, ciertamente fueron ellos los últimos visitantes en oficiar una misa en Julfa, en la iglesia armenia de San Juan Bautista y en la iglesia madre de San Jorge, antes de que los monjes fueran deportados y la ciudad saqueada y quemada.

Asimismo, aunque no fueron los primeros en fundar una misión católica en Georgia (lo haría el padre Ambrosio dos Anjos, también portugués, en 1628), sí fueron quienes antes, en 1604, hablaron con Alejandro, rey de Kajetia para lograr establecerse allí y construir una iglesia. El embajador Luis Pereira de Lacerda impidió al padre Belchior insistir y volver a Georgia para conseguir la fundación. Sin embargo, el padre Guilherme sí que pudo volver entre 1608 y 1610 y fue pionero en adentrarse en territorio georgiano.

Escena de la decapitación del padre Guilherme de Santo Agostinho en Nagumo, ciudad de Armenia Mayor en 1612. El convento agustino da Graça, en Lisboa, contiene estos extraordinarios y poco conocidos azulejos sobre la historia de las misiones a Persia y Armenia (clic sobre la imagen para apreciar los detalles)

Esta relación no se había traducido hasta ahora al español. El mencionado Roberto Gulbenkian publicó en 1972 una traducción francesa, con un estudio comprensivo de las misiones agustinas portuguesas en la zona. Creemos nosotros que tiene interés revisar este texto de fray Belchior dos Anjos, con sus observaciones a medio camino entre el informe para sus autoridades religiosas en Europa y la observación personal naïf, ejemplo de la larga distancia que separaba –y separa– Armenia y Persia de la Península Ibérica. La redacción del texto, como se verá, es algo descuidada y, aunque él menciona su propio nombre en tercera persona, no hay duda de que es fray Belchior dos Anjos el autor del relato.

Traducimos el texto del manuscrito portugués conservado en el archivo de la Torre do Tombo de Lisboa (ms. 1.113 da Livraria, fls. 120-124, nueva numeración fls. 219-223r) transcrito por Roberto Gulbenkian en L'Ambassade en Perse de Luis Pereira de Lacerda et des Pères Portugais de l'Ordre de Saint Augustin, Belchior dos Anjos et Guilherme de Santo Agostinho, 1604-1605 (Lisboa: Fundação Calouste Gulbenkian, 1972, 143-151). 
Para una información puesta al día y muy completa sobre todos estos asuntos, remitimos al reciente libro de John M. Flannery, The Mission of the Portuguese Agustinians to Persia and Beyond (1602-1747), Leiden: Brill, 2013.

Detalle de los azulejos del Convento da Graça con la conversión de la reina georgiana Keteván en presencia del padre Ambrosio dos Anjos


Relación de las cosas de la Cristiandad que vimos en Persia y Armenia

I. Isfahán

La primera señal del cristianismo que vimos en este reino de Persia fue nuestro pequeño monasterio de San Agustín, en Isfahán, la corte del Sha. Los sacerdotes tenían una pequeña iglesia, muy limpia y ordenada, con sus ventanas de cristal, adonde concurría una gran cantidad de moros y moras, la mayor parte por curiosidad, y algunos enfermos también para pedir a los padres que les hicieran recuperar la salud intercediendo por ellos a Cristo, nuestro Redentor, que ellos conocen como Isaa; insistían mucho en que rezaran el Santo Evangelio por encima de sus cabezas. Fue Dios servido, como nos dijeron los padres, dar salud a algunos de ellos. Vimos una mora, hija de un kan –que es algo así como un duque–, que asistía a la iglesia al menos una vez a la semana con muchos sirvientes y llevaba algunas ofrendas. Esta, por las oraciones de algunos sacerdotes y el poder del Evangelio que muchas veces le rezaban, recuperó la salud de una gran enfermedad que tenía. Y así vimos que todos los que estaban allí tanto por devoción como por curiosidad, todos veneraban nuestras imágenes besándolas con gran reverencia.

Durante los días en que estuvimos con los sacerdotes, que casi en su totalidad los pasan en sus rezos, vino a estar con nosotros un joven alemán que había sido secuestrado en Hungría hacía trece años y, como era mozo, se convirtió en moro pero quería volver a nuestra santa fe. Y hablando sobre algunos aspectos de la misma, pidió a los padres que le ayudaran. Los padres le animaron y le dieron cartas para la India, y lo mandaron después de haberle explicado todo bien. Más tarde nos enteramos de que había tenido que partir por las diligencias que sobre esto emprendieron los moros.

Otro también, un francés de nación que el Sha había hecho prisionero en Tabriz y estaba encarcelado con otros presos en unos aposentos del rey, se las arregló para que los sacerdotes obtuvieran permiso para ir a hablar con él porque era cristiano. Con la autorización del capitán que los tenía a su cargo, fuimos a verle y nos dijo que hacía siete años que había sido capturado por los turcos en las guerras del emperador, y que siempre se mantuvo cristiano sin faltar a nuestra santa fe ni dejar de decir sus oraciones y las horas de Nuestra Señora. Y al preguntarle si se había visto obligado a hacerse moro, respondió que no, porque los moros lo tenían por tal, y no porque fingiese ni con ceremonias ni yendo a la mezquita, sino por cómo iba vestido y porque sabía y hablaba bien la lengua turquesa, y también debido a que su primer señor no trataba de religión. Le preguntamos si, ya que sus compañeros sabían que era cristiano, si el Sha lo supiera y le preguntara por ello, si lo disimularía. Respondió que estaba dispuesto a perder la vida antes que hacer algo contrario a nuestra santa fe. Resuelto en esta actitud y en huir a un país cristiano si tuviera la oportunidad, pidió confesión, y el padre prior del monasterio de Isfahán le dijo que se prepararse durante ocho días, pasados los cuales le enviaría un confesor. Y así fueron allí el padre fr. Belchior y el padre fr. Diogo (166), y él se confesó en latín con mucha contrición.

II. Tabriz

Salimos de Isfahán. Al llegar a Tabriz tuvimos la visita de un moro de condición elevada, en compañía de otros. Y mientras comentábamos cosas de religión, nos indicó con un gesto que despidiéramos a sus compañeros, lo cual hicimos diciendo que otro día hablaríamos con cada uno de ellos, que ahora queríamos hablar solo con él. Nos hizo cerrar las puertas de la casa y nos dijo que él en su corazón era cristiano, que le enseñáramos las cosas de nuestra santa fe, y que veía la mano de Dios en nuestra llegada allí, y esto con grandes señales de afecto. Y diciéndole algunas cosas y gastando en esto algún tiempo, fuimos interrumpidos por sus compañeros que llamaban a la puerta, siendo causa de que no pudiéramos seguir adelante. Nos pidió entonces permiso para volver con nosotros a la noche, de lo que nos alegramos mucho y le dimos licencia. Y cuando fue la noche cerrada regresó él solo; y cuando le acogíamos besó nuestros pies con muchas lágrimas. Y oyéndonos hablar de la venida de Cristo y de su muerte por nuestra salvación, renegó de Mahoma varias veces y nos pidió con insistencia que lo bautizáramos. Le preguntamos desde cuándo tenía aquellos deseos. Respondió que su padre fue muy rico, como él también lo era, y que había sido muy dado a la abstinencia y a la vida solitaria. A su muerte, había llamado a su esposa e hijos y les dijo: «Os mando que al morir toméis mi cuerpo y lo pongáis en la carretera. Y cuando veáis quién de los que pasan le da sepultura, entended que en su religión os conviene vivir para salvaros». Así se hizo. Pasaron moros y judíos sin hacer caso del cuerpo. Vinieron luego unos cristianos armenios que viéndolo abandonado lo enterraron. Por ello desde aquel momento su corazón había sido siempre cristiano, y a veces en secreto iba a las iglesias de los armenios a conversar con ellos de nuestra santa fe; y que por esta causa ya había sido castigado y vejado. Y que cuando se enteró de que venía un embajador «franco» y sacerdotes con él, los había estado esperando con gran alborozo para que lo bautizaran, y a su anciana madre, que también lo deseaba. Le dijimos que no lo podíamos bautizar si iba a permanecer en tierra de moros. Que decidiera, si quería salvarse, abandonar su país y ganar el mundo cristiano, donde recibiría la fe de Cristo, nuestro Señor, y se salvaría. Y dado que con dificultad lo persuadíamos a esto por tener aldeas y hacienda allí, le mostramos entonces lo efímeras que eran las cosas de esta vida para la otra. Él nos dio palabra de vender cuanto tenía y pasar a Ormuz como mercader. Pero como no podía llevar consigo a su madre por estar postrada, que la fuésemos nosotros a bautizar. A pesar de nuestro gran deseo de hacerlo así, sin embargo, debido a que la aldea distaba seis leguas de Tabriz, y estábamos rodeados por los kurdos en un momento en que Tabriz se protegía y recelaba de ellos con miedo, estuvimos en estado de alerta, con los caballos ensillados, pero por no estar libres no pudimos ir allá. Sabido esto por él, lamentándolo mucho, nos pidió algunas palabras del sagrado Evangelio que yo le escribí para que las llevara y aprendiera de memoria. Quiera Dios que con el bautismo flaminis se salve y que el hijo, junto con su familia, se acoja a la fe de nuestro Redentor.

Detalle del suplicio de la reina Keteván en Chiraz, 22 de septiembre de 1624. Convento da Graça de Lisboa

III. Julfa

A tres jornadas de Tabriz, antes de entrar en Julfa, una gran ciudad de armenios (donde no vive ningún moro), muchos sacerdotes armenios vinieron a reunirse con nosotros vistiendo todos capas pluviales, con misales en las manos en cuyas tapas estaban estampados crucifijos, con cruces alzadas y con turíbulos y cetros, cantando himnos a su manera. Entonces desmontamos y, de rodillas, respetuosamente besamos la cruz de Cristo nuestro Señor y les acompañamos a una iglesia de San Juan Bautista llena de velas, donde, después de cantar un par de oraciones, nos dieron la bienvenida. Dijimos a los sacerdotes luego que nos gustaría, al día siguiente, oír una de sus misas y que también ellos oyeran una nuestra. Y que, reunidos con los más letrados, queríamos informarnos de su concepción del cristianismo. De todo se mostraron muy contentos porque nunca habían visto antes por aquel país otros sacerdotes francos.

Tres días más tarde, se juntaron todos en su iglesia matriz, dedicada a San Jorge, y cantaron una misa con todas las ceremonias griegas, como lo es también el templo, de cuyas características todas he tomado nota. Acabada la misa, con todos los padres reunidos, la primera cosa que preguntamos fue si obedecían al Sumo Pontífice y lo reconocían por cabeza universal de la Iglesia. Respondieron que sí, y que sabían que ocupaba el lugar de San Pedro y de Nuestro Señor en la tierra. Les preguntamos si, siendo así, estaban dispuestos a obedecer a una decisión sobre la fe que se determinara en concilio. Respondieron que sí, y que si no recurrían a él para ser administrados era porque vivían entre turcos. Y como todos dijeron esto en el transcurso de la conversación, y otras veces que con ellos la tuvimos, entendemos que en la materia de sus ceremonias estaban tan apegados a la Iglesia Griega que en ningún caso cesarían en ellas ni en una sola, porque en algunas ocasiones en que se veían convencidos con razones, respondían «San Gregorio lo ordenó así». Nos dijeron que muchos de ellos iban a Roma a besar los pies de Su Santidad, pero por temor a los turcos obedecían al Patriarca de Constantinopla. Les preguntamos sobre sus artículos de fe, los sacramentos de la iglesia y el fondo de sus creencias. No encontramos ningún error en sus respuestas a través del intérprete. En cuanto a los sacramentos, vimos que tenían los siete pero con un ritual muy diferente al nuestro; los clérigos están casados pero no pueden decir misa, y administran todos los demás sacramentos. Sólo los monjes pueden decir misa, que no están casados. Pero nunca pudimos entender qué forma de religión era la suya. En cuanto al hábito, visten una especie de capucha de camelote sobre la toca. Viven juntos, mas no saben quién fundó la orden. Pienso que tienen el nombre de monjes solo porque no pueden casarse, y solo dicen misa en domingo y días santos. Son muy ceremoniosos todos los armenios; inclínanse todo el tiempo en las iglesias, besan el suelo, se levantan santiguándose, y esto a cada paso; tienen muchos ayunos durante la semana, no comen carne los miércoles pero sí el sábado.

Cuando estábamos en Julfa, entraron por la puerta del embajador cuatro hombres vestidos con cabaias [una especie de kimonos] y tocas, y por encima de sus cabaias unos escapularios blancos y largos y por capas una especie de gabanes de mangas pardas. Venían de una aldea a tres leguas de allí a pedir al embajador que intercediera en su favor ante el Sha, que los aliviara del pesado yugo que Turquía les había impuesto. Eran todos sacerdotes y monjes del glorioso padre Santo Domingo, según dijeron, y obedientes a la iglesia romana, de la cual hace 400 años que vienen sus prelados, y por esta razón, a diferencia de los armenios, son llamados «francos». Ansiosos por conocer sus iglesias y prácticas cristianas, y viendo que el embajador no quería hacer el desvío de 2 leguas necesario, nos levantamos una jornada llevando con nosotros a tres soldados y con uno de los sacerdotes que se había quedado para este propósito. Llegamos allí el mismo día por la tarde. Y llegando a un gran pueblo salieron a la calle los cristianos apresurándose a besarnos las manos, y al acercarnos a la iglesia nos salieron a recibir todos los padres, que serían unos 7, con mucho cariño. Tan pronto como entramos en la iglesia encontramos agua bendita, que los armenios no utilizan, y los altares como los nuestros, y nosotros oramos con respeto, felices de ver la fe de Cristo en toda su perfección en medio de Turquía. Los sacerdotes nos llevaron a la sacristía, donde nos mostraron las mitras y ornamentos de su arzobispo, que hacía 2 o 3 años que había muerto; algunos eran valiosos y engastados con las armas de los papas que se los habían dado.

También nos mostraron una gran cruz de plata hecha en Roma, con muchas reliquias; y otras reliquias de la madera de la Santa Cruz y de santos, todo procedente de Roma. Luego nos ofrecieron una frugal comida. Y el padre Belchior les dijo que dieran pregón en el pueblo anunciando que todo el mundo debía reunirse a la mañana siguiente en la iglesia porque queríamos decir misa y oírles otra suya, y hablar con ellos de algunas cosas. Y así se hizo.

Y al día siguiente todos esos pobres cristianos perseguidos se reunieron en la iglesia y asistieron a nuestras misas con gran devoción. Acabadas, el Padre Belchior les hizo un pequeño discurso consolándolos de sus penas y alentándolos a padecer por Cristo, señor nuestro, y por su santa fe todas las que les viniesen. Entonces todos se le acercaron, algunos le besaban la túnica, otros los pies, otros las manos con gran alborozo porque nunca antes habían visto sacerdotes «francos» por aquellos lares. El prior dijo también su misa cantada, de tres, con todo el ritual de la Iglesia Romana, sin otra diferencia que la lengua, que era armenia. Después de la Epístola, el sacerdote mostró la cruz a la gente cantando un himno, mientras el pueblo la adoraba con gran devoción. Luego pronunció su sermón y nos retiramos. Preguntamos a los padres cuándo la región se había convertido en cristiana, cuántos eran los pueblos «francos» y cuáles eran los ministros de ellas. A lo que el prior respondió que hacía más de 400 años llegó allí un sacerdote llamado Bartolomé que predicó la fe de Cristo, y tras haber convertido algunas de estas aldeas fue a Roma, de donde regresó siendo obispo. Luego continuó predicando, y habiendo convertido ya siete aldeas, en una de ellas donde la mitad de los habitantes seguían siendo infieles le asesinaron con veneno.Y que este bienaventurado les había instruido y enseñado a obedecer a la Iglesia Romana, de donde hasta entonces venían los obispos, los cuales siempre eran de entre los monjes naturales porque desde la muerte del obispo, en sus cartas decían Archiepiscopum Naxivensem etc. Dos monjes marchaban a Roma y uno de ellos regresaba consagrado arzobispo, pero hacía dos años que dos de ellos se habían ido y a causa de estar el camino impedido de guerras todavía no habían vuelto. Su modo de religión no es tan perfecto como en Europa, ni el arzobispo da aquellos escapularios sino en el momento de ordenar a los sacerdotes, y no ordena sino a los que sirven en la iglesia y se crían con los padres, a quienes llaman novicios. Los tres votos, por lo que pudimos comprobar, los observan en lo esencial, y el reclutamiento de sacerdotes para los pueblos es entre los mismos padres, que ahora hay uno o dos de ellos en cada aldea que las atienden. El Arzobispo es siempre su prior, y si se ausenta nombra un prelado a quien todos obedecen como a prior.

IV. Cerca de Julfa. Qerna. Khochgachen. La Santa Lanza

Queríamos ver algunas de las iglesias que estuvieran más cerca. Y llegando a una a media legua de distancia fuimos recibidos por un viejo sacerdote llamado fr. Dominico, que parecía un santo, y creemos que lo será. Después de orar, nos mostró un brazo entero hasta el codo, con su mano, del glorioso apóstol San Judas Tadeo que en esta Persia fue martirizado. Estaba pobremente conservado en una madera para evitar que los turcos lo robaran, y se podían ver en algunas partes los huesos del brazo; también nos mostró una cruz de hierro grande y gruesa que el Apóstol hizo con sus sagradas manos, dando forma al hierro como si fuera cera. Mirabilis est Deus in sanctis suis.

En esta iglesia está sepultado el beato Bartolomé, cuya tumba vimos; los cristianos cogen tierra allí con la que nos afirmaron que curan enfermedades. En un altar encontramos también un retablo de San Juan Bautista hecho en dos partes, y uno de la Virgen nuestra Señora, hecho en dos partes, con su hijo en brazos. Los turcos pretendieron romperlo pero al no poder le dieron muchas cuchilladas y con las puntas de sus dagas le arrancaron los ojos, y al niño. Los padres le tenían mucha devoción y dijeron que hacía milagros. Nosotros le pedimos la imagen y el sacerdote nos la dio muy caritativamente, y la llevamos con nosotros por entender que la Señora se encontrará muy resarcida de los agravios que le hicieron los turcos con los servicios que entre nosotros se harían con su ayuda.

En otra iglesia, a una legua de distancia, los sacerdotes nos dijeron que tenían el hierro de la lanza de Cristo nuestro Redentor, que no fue entonces posible ir a ver porque el embajador ya se nos había adelantado en una jornada, pero dijimos a los padres que de regreso volveríamos por allí. Y de hecho finalmente persuadimos al embajador que viniese y llegamos a un pueblo al pie de una sierra cubierta de nieve. En la iglesia, que era pequeña, encontramos a uno de los sacerdotes, virtuoso al parecer. Todo el pueblo de la aldea nos acompañó. Después de orar, le pedimos al sacerdote, ya advertido por su obispo, que nos mostrara la santa reliquia. Con admirable devoción nos llevó a la sacristía donde, sobre el arca de los ornamentos, estaba ya dispuesta la caja de madera con sus puertas cerradas con un candado, donde estaba el hierro santo de que os he hablado; cuando el sacerdote tocó con la llave la cerradura se puso a derramar muchas lágrimas, y con muchos suspiros y sollozos abrió la puerta de la caja y cayó de rodillas negándose a tocar la santa reliquia. Y como allí estaba el embajador y éramos demasiados para verla bien, dijo el Padre Belchior, «Señor, tú que me hiciste la merced de dejarme tocar tu cuerpo sagrado con mis propias manos, me la harás también para que toque este hierro sagrado», y levantándola comenzó a cantar el Te Deum laudamus, etc., y nosotros continuamos hasta el verso te ergo quesumus etc. con la oración de la cruz. Y todos besaron el hierro con gran devoción. Y sacándolo a la iglesia en su caja, envuelto en seda y bordados de oro, el entusiasmo de la gente fue tan grande, tan abundantes las lágrimas y el golpearse el pecho tan fuerte que no dejó de compungirse el corazón más duro; allí tomamos medidas del hierro en unas hojas de papel. Y de algunas del Padre Gulielmo [?] tiene encargo para consolación, etc.

La evidencia que tenemos de la santidad de este hierro es el testimonio de los sacerdotes, que según una tradición que data de 300 años fue robado por uno de sus monjes de una iglesia de armenios donde estaba, cosa que hizo por habérsele revelado que lo hiciera, y con gran industria y la ayuda de Dios lo pudo hacer. Los sacerdotes también afirmaron que cuando había algunas veces epidemia de peste en aquellas aldeas, sacándolo en procesión enseguida cesaba, y muchos enfermos fueron sanados tocándolo. Lo que nosotros experimentamos fue que despedía un olor suavísimo e inspiraba tanta compunción interior que sólo puede ser cosa santa; también vimos que la forma del hierro es semejante a la que pintan en los martirios.

Al hablar en secreto con uno de los notables del pueblo, el Padre Belchior le dijo que el embajador sabía que estaban atormentados por los moros debido a ciertas deudas que teneían con ellos, y que les entregaría el dinero suficiente para pagar estas deudas, y que se darían por satisfechos si ellos les cedieran esta reliquia. Él respondió que aunque le diesen toda aquella sierra llena de oro, no la darían, y que primero cortarían las cabezas a todos ellos, a sus mujeres y a sus hijos, que se la llevasen. También nos dijeron los padres que un Papa la había pedido a uno de sus arzobispos, quien respondió que este santo hierro era causa por sus milagros de la conversión de aquellos infieles y del fortalecimiento de la fe de los creyentes entre tantas persecuciones de los moros, pero que si Su Santidad quería que se le mandase, se haría. Y el Papa tuvo a bien dejarlo ahí. Así que en estas circunstancias, si el hierro de Cristo nuestro Redentor no se encuentra en Roma, sin duda es este que hemos visto, y si está en Roma, este es sagrado por razón de algún otro martirio. Estos sacerdotes son pobres y sus iglesias paupérrimas, pero son gente sencilla y virtuosa. Su prior siguió al embajador hasta el campo para obtener la remisión del Sha de algunas deudas que se le debían del tiempo de los turcos. Pero como el embajador no pudo ayudar al no conseguir hablar con el rey, regresó  y vino con nosotros hasta Qasbin, donde estuvo acogido con nosotros. Y no se atrevía a quedarse allí en su iglesia porque los persas estaban decididos a darle tormento por las deudas. Y si el Sha se niega a renunciar a este pago, se decidirá a ir a Goa a pedir limosna para cubrir sus necesidades.

Detalle de la entrega de los huesos de la reina martir Keteván a su hijo Taimouraz I en 1628 por el padre Ambrosio dos Anjos. Convento da Graça, Lisboa

V. Ararat. Las Tres Iglesias. Ejmiadzín

Después de despedir a los sacerdotes «francos», a dos leguas de allí descubrimos desde lo alto de una montaña los dos montes del Arca de Noé, que son altísimos y siempre están cubiertos de nieve, y alabamos al Señor recitando el salmo Laudate Dominum de coelis etc. con la oración Deus qui transtulisti patres nostros etc. Y caminamos ocho días para llegar al pie de estas montañas, donde encontramos las tres iglesias, una de ellas habitada, todas de piedra y excelente construcción. En esta habitada vive el patriarca de los armenios y tiene consigo algunos monjes como los que antes vimos. No lo encontramos allí porque había partido hacía dos días para Julfa, pero estaba uno de sus obispos que con los otros sacerdotes, al igual que en Julfa nos salieron al encuentro y nos llevaron a esta iglesia que tenían con muchas candelas encendidas. En medio de ella había una piedra de casi dos codos de largo y uno de ancho, la cual estaba cubierta de brocado y con un cirio encendido al lado. Después de orar, nos quisimos informar sobre el misterio de la piedra, a lo que el obispo respondió que andando el glorioso San Gregorio por aquella montaña, pidiendo a Dios nuestro Señor con ayuno y oraciones, que le revelase el lugar donde el patriarca Noé después del diluvio había hecho el primer sacrificio ofrecido a su divina majestad, una noche se le apareció Cristo nuestro Señor como cuando se levantó con una lanza en la mano, y golpeando la piedra con la punta de la lanza le dijo: «en este lugar, Gregorio, se hizo lo que querías saber». El santo entonces hizo cortar la piedra y construyo esta iglesia, colocándola en el centro, por cuyo respeto se hicieron las otras dos y vive allí el Patriarca, siendo una aldeíta pequeña y famosa [Ejmiadzín]. Y los moros vienen aquí y besan la piedra. Sobre ella obtuvimos permiso para hacer un altar de tablas donde dijimos misa, no con tanta devoción como merece el recuerdo de haberse sacrificado en aquel lugar el primer cordero, imagen del verdadero que en el altar de la Cruz se sacrificó al Padre Eterno por nuestra salvación, pero con gran consuelo nuestro, y así cuando regresamos del campamento del Sha dijimos otra vez una misa por la conversión de estos infieles.

Esta iglesia también tiene una puerta de una piedra toda gruesísima y muy bien construida que siempre está cerrada. Dicen los monjes que San Gregorio dejó dicho que cuando los cristianos «francos» tomasen aquella tierras, entonces se abriría. Y nos dijeron que los turcos trabajaron mucho para abrirla, y aún se ven los golpes de los arietes, pero no pudieron.

VI. Ereván. Zvartnots. El kan Alejandro II, rey de Kajetia

A menos de una legua de distancia, en el camino a Ereván, se encuentra una maravilla grande por un caso que ocurrió. Y fue así, según un arzobispo armenio nos contó y todos generalmente asienten: había allí en un pueblo dos hombres mozos que tenían entre sí relaciones abominables, y creció en ellos tanto el mal que se quisieron casar. Y así uno dijo al otro: «Vístete con traje de mujer y vamos a ir al sacerdote de esta iglesia a que nos reciba.» Así se hizo, y el sacerdote fue tan imprudente que actuó sin otra información que la falsa de los mozos. Y acabando de casarlos, se le apareció Cristo nuestro Redentor y le dijo: «¿Sabes lo que has hecho, que has casado a dos hombres?» Respondió el padre que él no lo sabía. «Pues si tú no lo sabías, sépalo esta iglesia que en testimonio de pecado tan abominable se volverá de arriba a abajo». Y nosotros hemos visto con nuestros propios ojos la iglesia volteada, y considerando los que allí estábamos muchas particularidades, vimos que no podía estar como estaba sino por milagro; y no es mucho que el Señor que ha destruido ciudades por este pecado subvierta las iglesias donde lo querían santificar.

Al llegar al campamento del Sha, encontramos al kan Alejandro, duque de Georgia, que llevaba consigo a dos arzobispos y dos monjes; querían vernos, pero como íbamos con mucha prisa no quisimos esperar; pero llevamos con nosotros un intérprete y les fuimos a visitar nosotros. Y hablando con el superior que nos recibió muy afectuosamente, después de darnos una comida (como es costumbre en este país con los visitantes) le fuimos preguntando cosas acerca de su cristianismo.

Y como el padre Francisco da Costa, que había venido por Moscovia nos había comunicado que niegan el Purgatorio y que cometen un error en la precedencia natural de las personas, les preguntamos sobre lo primero. Y si al principio nos parecía que lo negaron, de hecho, con una mejor comprensión vimos que piensan como nosotros, y en el orden de las personas divinas; no pudimos averiguar el error porque el intérprete no sabía las palabras con que entender eso, pero comprendimos que consideran las tres personas y la igualdad entre ellas como nosotros. Les preguntamos si reconocían al Papa como cabeza universal de la Iglesia. Respondieron que sí y que estaba en el lugar de Cristo en la tierra. Después les dijimos: «si la iglesia tiene una única cabeza, que es Cristo, y su vicario en la tierra, ¿por qué tenéis otra en Constantinopla?» Respondieron que era porque no podían apelar a la de Roma. Que los cristianos tomasen Constantinopla y así todo sería uno. Les dijimos que mientras no fuera así, el Sumo Pontífice encontraría una manera, si lo deseaban, de enviarles ministros de la fe y que daría a los naturales todos los privilegios y honores que quisieran, que por la salvación de sus almas solo quería de ellos obediencia; respondieron que ellos solos no podían cambiar eso. Les preguntamos si, en caso de que quisiéramos ir con ellos a Georgia, nos dejarían tener allí un pequeño templo al modo romano. Nos preguntó por qué motivo y le dijimos que era para que ellos vieran nuestras costumbres y ceremonias y conversar, de manera que pareciéndoles bien las cosas de la Iglesia Católica se aficionasen a ella. Contestó que si pretendíamos obligarlos e introducir la obediencia al Papa, que primero teníamos que empezar por la cabeza, pero que si solo queríamos hacer lo que decíamos, que nos harían muchas honras y se alegrarían mucho de que tuviéramos nuestra iglesia al modo romano; y que él mismo, el más rico de los obispos de la región, haría cuanto quisiéramos, y si decidíamos ir a hablar con el kan, que era dueño de aquellas tierras, él sabía las condiciones y nos ayudaría.

Escena de la obediencia al Sumo Pontífice dada por el Patriarca armenio David con seis obispos y ciento seis sacerdotes. En Isfahán, mayo de 1607, en presencia del padre Diogo de Santa Anna. Convento da Graça, Lisboa

Con esto nos despedimos, no sin mostrarnos antes un relicario de oro en forma de libro cubierto de piedras preciosas donde guardaba muchas y muy grandes reliquias de la Santa Cruz. El kan Alejandro nos mostró otro, más pequeño, donde tenía un diente de San Juan Bautista tan fresco y sano como si lo tuviera en la boca vivo, y un trozo de hueso del mismo santo.

Estas son las cosas que en este viaje vimos tocantes al cristianismo. Espero en Nuestro Señor Jesucristo que pues fue servido que en toda esta Persia pudiéramos decir misa y celebrar su santísimo cuerpo, también lo será para apiadarse de estos infieles y abrirles los ojos del entendimiento para que adoren su santísimo nombre y se salven.

20 septiembre, 2015

Tierra cancerosa


1. Lom u Mostu. Año cero

Lom u Mostu se llamó en otro tiempo Bruch. Se extiende al norte de la República Checa y la habitaban alemanes, como la inmensa mayoría de ciudades y pueblos de los Sudetes. Cuando en 1920 los vencedores dividieron la Monarquía Austro-húngara según el derecho a la autodeterminación de sus pueblos, la minoría germana de Bohemia quedó entre aquellas pocas gentes «menos iguales», a quienes no se les permitió ejercer tal derecho. Y aunque los representantes de esa minoría de tres millones de alemanes de los Sudetes manifestaron su intención de unirse a Alemania tras la disolución de la Monarquía, a una orden del presidente Masaryk el ejército checo se movilizó e implantó el mucho más antiguo derecho de los vencedores. Los Sudetes permanecieron en Bohemia.

Una vez más los alemanes de los Sudetes iban a conocer la justicia del vencedor. Cuando, en la primavera de 1944, el ejército soviético entró en Bohemia, el gobierno checoslovaco, que había sido declarado vencedor, pensó que era el momento para la Endlösung del «problema alemán». El presidente Beneš en su famoso discurso de Brno y Praga declaró a la minoría alemana culpable en su conjunto y decretó su liquidación. Los alemanes bohemios fueron privados de todos sus derechos y propiedades, sus documentos de identidad reemplazados por un «carnet alemán», obligados a llevar un brazalete blanco como distintivo discriminatorio y a realizar trabajos públicos humillantes; en varios lugares la población ejerció violencia contra ellos y se sucedieron varios pogroms sangrientos. Y en enero de 1946 todos los alemanes de Bohemia fueron embarcados en trenes y camiones y deportados. Más de doscientos mil de ellos murieron en esta acción.

La mayoría de los alemanes de Checoslovaquia estaban en contra de Hitler. Sus «carnets alemanes» y documentos de deportación iban sellados con la palabra «Antifascista». Aún así iban a ser deportados bajo el peso de la culpa colectiva depositada sobre ellos en tanto que alemanes. Del libro de Reinhold Fink, Zerstörte Böhmerwaldorte (Los pueblos destruidos del bosque de Bohemia), 2006: el documento de deportación de su madre.

Se reclutaban colonos en todo el territorio de Checoslovaquia para asentarlos en los Sudetes, ahora limpia de alemanes, con el eslogan «¡Reconquistemos la frontera!» Muchos eran jornaleros del campo atraídos por aquella posibilidad de acceder a un dinero fácil y que, una vez obtenido algo, abandonaban la zona. Aquellos pueblos alemanes, poco antes prósperos, decayeron con rapidez y gran parte de sus casas, así como las granjas de los suburbios, se sumieron en la ruina. Hacia 1990 doscientos sesenta pueblos habían desaparecido de los Sudetes (más otros ochocientos uno en Böhmerwal, al sur de Bohemia), pero no sin dejar rastro: cualquiera que conozca las rutas puede aún encontrar los restos de las casas y los cimientos de los campanarios cubiertos de maleza.

Asentamientos en la región del carbón de Duchcov antes de 1944 y hoy. Los grandes retales blancos son minas de carbón a cielo abierto.


En Lom u Mostu nada recuerda hoy el pasado alemán. O, mejor dicho, una sola cosa. En el único monumento de la ciudad, delante de la iglesia, donde antes hubo un memorial por los caídos del pueblo en la Primera Guerra Mundial, un águila nazi devora las entrañas de los desfallecidos checos. Los nombres de los campos de concentración rodean la base. La estatua, con un diseño que mezcla constructivismo y art-deco, fue erigida poco después de la deportación de los alemanes, y formula para los recién llegados pobladores la nueva historia oficial, basada en el martirio checo, sin dejar un resquicio para la historia conjunta checo-germana y el pasado alemán de la región. Empezaba una nueva era.



Otro monumento de los nuevos tiempos luce en el lado opuesto de la iglesia. En su origen se planeó como casa de cultura y desde entonces lleva en su fachada la orgullosa inscripción: VLASTNÍ SILOU – CON NUESTRAS PROPIAS FUERZAS. Hoy solo se usa la planta baja, con el eufemístico rótulo «Restaurante».



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Es el tiempo quien conmemora involuntariamente el pasado alemán. Los muros, como en los otros países de la antigua Unión Soviética, empezaron a agrietarse en los noventa, o quizá fue que desde entonces dejó de considerarse necesario destruir o seguir ocultando bajo el yeso o la pintura esos signos que poco a poco volvían a la luz, notas al margen dejadas por los pueblos anteriores y la historia. Al borde de Lom, en la carretera a Mariánské Radčice, hay una casa de dos plantas, según su letrero, un antiguo restaurante que, a juzgar por la multitud de capas cambió frecuentemente de patronos y de nombres antes de la guerra. Tres perros gruñones la guardan, sus ladridos hacen salir al dueño. «¿Cuándo se construyó esta casa?» le pregunto para aproximarme. «En mil novecientos dos.» «¿Y cómo se llamaba el restaurante? No lo puedo leer.» «Cómo voy a saberlo. En realidad no era un restaurante, era un burdel. ¿Me entiende usted? Un burdel.» Y, en cualquier caso, al final deja caer la pregunta sospechosa: «¿Por qué demonios lo está fotografiando?»

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2. Libkovice. Paisajismo

Mariánské Radčice antes se llamaba María Radschitz. En su iglesia se venera desde la Edad Media una milagrosa estatua de madera de la Virgen, y en las grandes fiestas de María llegaban peregrinaciones aquí desde el monasterio cisterciense de Osek –la antigua Ossegg– a seis kilómetros de distancia. Las peregrinaciones están documentadas por primera vez en 1278. A lo largo de los siglos, la peregrinación fue desarrollando su propio itinerario yendo hasta Bruch y, de vuelta, por Liquitz y Herrlich. El camino estaba bordeado de columnas de imagen medievales, capillas barrocas, crucifijos y columnas votivas.

La reconstruction de la antigua Ossegg – vía de peregrinación de Maria Radschitz. “L” es la ciudad de Liquitz/Libkovice, y “V” es nuestro punto de vista sobre la mina a cielo abierto (ver más abajo)

Esta área es uno de los mayores yacimientos de lignito de la República Checa. Los depósitos cubren una extensión de setenta kilómetros de largo y veinte de ancho desde la ciudad de Klášterec hasta la frontera alemana. Hay referencias a la minería en la zona ya en el siglo XV, pero su explotación efectiva empezó a mediados del siglo XIX. Empresarios locales fueron abriendo numerosas minas por toda la región –también señaladas arriba, en el mapa de antes de la guerra–, una importante fuente de empleo y riqueza local.

Después de la guerra, con la deportación de la antigua población y el nuevo enfoque comunista de la naturaleza como enemigo al que hay que subyugar, se eliminaros todos los obstáculos para iniciar la minería a cielo abierto. Se excavaron miles de acres en las laderas, junto con las docenas de pueblos centenarios asentados en ellas. Estas minas han devorado hasta ahora más de un centenar de poblaciones, pero la explotación de los otros nueve millones de toneladas de carbón que aún esperan bajo tierra requerirá el desplazamiento de más lugares habitados. Pero los vecinos que aún podrían luchar por su supervivencia fueron deportados y los nuevos habitantes, que recibieron sus casas como un regalo del estado, no tienen ningún lazo con esta tierra. Al contrario, se alegran si son reubicados desde las ruinosas casas alemanas a hogares de nueva construcción en la ciudad, así que el proceso continúa sin obstáculos y sin apenas conflictos. «¿Qué podemos decir? El dinero descansa bien gordo bajo la tierra, y lo sacarán de allí nos guste o no.»

Caminamos de Mariánské Radčice a Osek por la antigua vía de peregrinación en la que antes los aldeanos iban a pedir protección contra el mal, y por donde ahora el mal va a establecerse en los pueblos desprotegidos. Nuestro guía, Michal, pronto se desvía de la carretera. Llegamos a un lago. «Cuando llegué aquí por primera vez, alguien dejó que su perro, un terranova, nadara en el lago. Le pregunté si el agua estaba limpia. Él dijo: ¿Cómo puede estar limpia si tiene una estación de trenes en el fondo?» La estación de tren quedó sumergida por el agua subterránea bombeada de manera continua desde la mina de carbón después de que la ciudad a la que pertenecía, Libkovice, antes Liquitz, fuera eliminada en 1990.



Liquitz se menciona por primera vez en 1186. Hasta 1848 fue propiedad del monasterio cisterciense de Ossegg, y en la segunda mitad del siglo XIX se convirtió en un pueblo minero de dos mil trescientos habitantes. Desde el cambio de siglo, la cerámica y la producción de vidrio también llegaron a tener relevancia. Ordenaron su liquidación en 1989, algunos meses después de la Revolución de Terciopelo, y  fue demoliéndose poco a poco a partir de 1993 tras varios años de discusiones y protestas. Al final, su iglesia del siglo XIV fue volada, en 2002. La minería aún no ha comenzado aquí porque queda todavía fuera de los límites establecidos por el gobierno en 1991 para la minería a cielo abierto. Sin embargo, es muy probable que el gobierno amplíe estos límites en los próximos meses bajo la presión del lobby minero, así la nueva mina devorará por completo las ruinas de la ciudad.

La iglesia en 1998, poco antes de su demolición, y el estado actual del terreno


La vía de peregrinación pasa cerca de unos viejos cimientos de hormigón, las ruinas de un campamento de hace setenta años. Según los lugareños fue un campo de concentración construido por los alemanes, pero esto es justo la adaptación de la memoria colectiva a la historia ideal. En realidad se trataba de un campo de prisioneros de los últimos meses de la guerra, donde los alemanes desplazados estuvieron detenidos durante unos meses antes de ser deportados, incluyendo a todos los monjes del monasterio cisterciense de Osek, liderados por el abad Eberhard Harzer.

Restos del campo, detalle

Las casas de la ciudad ya han caído bajo la pala excavadora, el asfalto levantado, los árboles arrancados. Todos estos restos se han visto amontonados durante años. Un ciervo merodea entre ellos y escapa al acercarnos. Aquí y allá pisamos fragmentos de una calzada de hormigón en cuyas orillas crecen ciruelos y manzanos de fruta muy dulce. Tenemos suficiente para comer hoy.Cerca de los escombros de la iglesia, a pocos metros de la carretera, los restos de una antigua fuente asoman entre los árboles.

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Fotos de la antigua ciudad de Libkovice de la web Zaniklé obce (Asentamientos desaparecidos). Abajo: la última asamblea del pueblo, la demolición y el lugar tal como está ahora.




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Pasado el pueblo, la vía de peregrinación se interrumpe tragada por la mina. Un terraplén la cruza. Por su parte superior corre una tubería de bombeo del agua subterránea de la mina, acompañada de un camino de tierra para los coches de los guardias de seguridad. Más allá del terraplén, un terreno nivelado e inundado, cubierto de barro y arcilla endurecida, sube al monte a medio cortar, desde donde se tiene una impresionante vista sobre largos acres de paisaje lunar. No se ven hombres, solo los kilómetros en espiral de la cinta transportadora que con un traqueteo monótono eleva el carbón del fondo del pozo, doscientos metros más abajo. El único ser vivo es un jabalí en busca de comida a los pies de la colina que cuando capta nuestro olor trota alejándose. Nos fotografiamos en la pose del paseante de Caspar David Friedrich contemplando la destrucción.


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Anochece, el sol se ha ocultado y entra un viento frío. Hay que volver. En algún momento nos detectan las cámaras de seguridad, suenan las alarmas a lo largo de la cinta transportadora, llegan los guardias de seguridad en un jeep. Al ver a estos excursionistas perdidos charlan un rato amigablemente con nosotros, luego nos muestran el camino más corto a Mariánské Radčice, por la antigua vía de peregrinación, cruzando de los restos de Libkovice. Emprendemos la marcha.


3. Mariánské Radčice. Día de fiesta

La iglesia de peregrinación de María Ratschitz se menciona por primera vez en el breve de 1289 del Papa Nicolás IV donde se concedían cuarenta días de indulgencia a los peregrinos que llegaran hasta aquí. Los cistercienses de Ossegg la ampliaron a finales del siglo XVII, adjuntándole un edificio parroquial del tamaño de un monasterio para el número creciente de peregrinos. Las bóvedas de su claustro están decoradas con pinturas emblemáticas que representan los títulos y epítetos de la Virgen María que figuran en la Letanía de Loreto. En sus paredes, las escenas se suceden en un largo desfile, cada una con un milagro diferente de María ayudando a personas en peligro. Por encima de las escenas una vez hubo inscripciones en alemán, ahora borradas o ilegibles.


Tras la expulsión de los alemanes cerraron la iglesia y la parroquia, y todo comenzó a decaer. Fue sólo después de 1989 que dieron a los expulsados alemanes la oportunidad de repararlo por su cuenta, como la mayoría de monumentos de los Sudetes y Böhmerwald.

Un curioso museo al aire libre, modesto, se montó ante la puerta de la parroquia. Con el crecimiento gradual de la minería a cielo abierto, van acogiendo aquí de la zona devastada y del engullido camino de peregrinación los monumentos eclesiásticos más pequeños, crucifijos, unas estatuas de San Juan Nepomuceno y columnas con imágenes. Es como el ciervo que huye cuesta arriba de una inundación. Pero no para acabar salvándose. El filo de la minería está a sólo unos pocos cientos de metros del pueblo y se rumorea que con la ampliación que se prevé en los próximos meses, Mariánské Radčice también entrará en sus fauces. Por el momento, nadie sabe nada a ciencia cierta, y los aldeanos se enfrentan con apatía a la eventual liquidación.


Mapa de los lugares originales de los monumentos reubicados

También hay un panel informativo enfrente de la puerta de la parroquia. De todos las tablones de anuncios de la zona, este es el único escrito en dos idiomas, checo y alemán, y la única referencia a una «historia de Alemania y de la República Checa». Explica brevemente el gran valor que tiene el lignito subterráneo, y lo bien que van a rehabilitar la zona después de 2030, al acabar la explotación en superficie. Un lago de aguas tan profundas como doscientos metros se extenderá en el boquete minero de 930 hectáreas, y su entorno será un hermoso espacio de recreación y entretenimiento.


La fiesta patronal de la iglesia es el 12 de septiembre, día del nombre de la Virgen María. La misa se celebra en una iglesia completamente llena. Los fieles son casi todos alemanes que vienen a casa para el día de hoy desde Alemania, Austria o incluso de más lejos. El coro es alemán, igual que el organista que toca un sintetizador propio porque el órgano de la iglesia desapareció hace mucho tiempo. Concelebran la misa dos obispos, uno de la diócesis checa local, otro de Alemania. Ambos pronuncian un sermón, primero en checo luego en alemán.

El día del nombre de María era fiesta en la monarquía de los Habsburgo desde 1683, cuando repelieron a los turcos de Viena un día como este. Siempre se ha considerado una fiesta principalmente alemana, así que no es de extrañar que el obispo checo hable en su turno de Nuestra Señora de los Siete Dolores, más venerada en tierras checas y eslovacas y cuya fiesta es tres días más tarde, el 15 de septiembre. Dice a la audiencia checa que como María tomó parte en los sufrimientos de Cristo así debemos sentir empatía por el sufrimiento del prójimo. El sufrimiento de los enfermos. De los refugiados. Y de los desplazados.

Luego interviene el obispo alemán. Habla del sufrimiento de los desplazados, de la deportación, de la nostalgia por el hogar perdido. Y de que, a pesar de todo, tenemos que ser capaces no sólo de sentir el sufrimiento de los demás, sino, como en este día, también celebrar las fiestas juntos. Ninguno de ellos menciona nombres de naciones pero el puñado de checos y alemanes reunidos aquí en esta iglesia, a la sombra de tanta devastación, sabe bien quienes se refieren.

Consolatrix afflictorum – Consoladora de los afligidos. Detalle de la serie de frescos emblemáticos del claustro que ilustran los epítetos de la Virgen.

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