25 marzo, 2015

Disolución: «...cor meum vigilat»


Seguramente se trata de otro caso de aquella pervivencia fantasmal de imágenes que fascinaba a Aby Warburg y que denominó por primera vez Pathosformel en un artículo de 1905 dedicado a Alberto Durero y la Antigüedad clásica: la insurgencia semiconsciente (o incluso inconsciente), ucrónica, de representaciones o fórmulas expresivas que nos salta ahora a los ojos en el resplandor del corazón del guardia.



Las puertas están separadas por muy pocos metros en las calles de Palma. La primera en el carrer del Call, en la parte trasera del bistrot «Las Olas». La segunda en el carrer de Sant Alonso, esquina con Santa Clara.

Carrer de Pont i Vich

Los Sagrados Corazones con el «Bendeciré» * en mayúsculas estaban en casi todos los portales de la ciudad. Ahora solo quedan en algunas puertas interiores, las que dan acceso directamente a las viviendas. En la calle apenas pervive alguno deteriorado. Los sustituyen estas otras imágenes cuya presencia exige el pago de una cuota mensual. Pero no es esa sustitución lo que nos ha llamado la atención sino la pervivencia residual, fantasmagórica, solo como fulgor, del corazón vigilante sobre el pecho del guardia de seguridad.


Claudio Monteverdi: Sacred Music. Roberto Gini, Lavinia Bertotti & Ensemble Concerto. «Ego dormio et cor meum vigilat.»

23 marzo, 2015

La Casa della Vita


Hemos aprendido mucho de los estudios sobre arte y literatura del profesor Mario Praz (Florencia, 1896 – Roma 1982), de su mirada penetrante y exacta que dio nueva luz a tantas y tantas obras y movimientos literarios: desde la presencia de Maquiavelo en Inglaterra al conceptismo barroco y los libros de emblemas, de los textos de John Donne al lado perverso del romanticismo y los poemas de Byron, o la reevaluación del gusto burgués en la decoración de interiores Biedermeier o Segundo Imperio. Siempre moviéndose en un terreno —fuertemente subjetivo— en que la literatura se encuentra con las otras artes para ayudar a hacer más habitable un mundo hostil. Un sostenido esfuerzo por poblar el vacío del presente, de un siglo XX cuya segunda mitad Mario Praz aborrecía y en el que se sintió un completo extraño.


Uno de sus libros más personales es La casa della vita (1958, ampliado en 1979). Son páginas obligatorias para saber quién fue Mario Praz y cómo se vio a sí mismo. No esconde en ellas las zonas oscuras de su vida y su carácter. El propio título se refiere ambiguamente a aquella parte profunda y resguardada del templo egipcio donde se almacenaban los textos sagrados y rituales. A la vez, habla de la construcción de la vida alrededor de sus objetos, sus amistades, amores y manías. En el fondo, su melancólica soledad. Mientras va recorriendo las habitaciones de la casa, una vida intenta aclararse en equilibrio entre la descripción técnica, objeto tras objeto, del coleccionista apasionado y el desnudamiento íntimo pero siempre respetuoso y refractado en una justa inteligencia autocrítica. Es en verdad un libro fascinante, con pocos precedentes a su altura, y no pudimos dejarlo de mano hasta acabarlo de un tirón. No intentaremos ni siquiera empezar a resumirlo aquí. Se presentó el año de su publicación al premio Strega, pero en aquella ocasión —para desgracia de Praz— concursaba también Il Gattopardo de Lampedusa. Luchino Visconti lo leyó para empaparse del ambiente que dio lugar a la película Gruppo di famiglia in un interno (en español, Confidencias)… Pero para saber de qué estamos hablando, también es oportuno el juicio de Cyril Connoly cuando tuvo que reseñar la traducción inglesa del libro el 13 de septiembre de 1964 en el Sunday Times:

«Es uno de los libros más aburridos que he leído jamás. Es un tostón elevado a la enésima potencia, lleva tan lejos el aburrimiento que cuesta trabajo creerlo […]. El profesor Praz tiene una mirada de hormiga para los pequeños objetos, un excesivo sentido de su importancia en relación a sí mismo y viceversa […] su egotismo difuso, su cliché fulminante…»

No estamos de acuerdo. Aunque solo fuera por el magnífico canto elegíaco a una Roma desaparecida, en concreto a Via Giulia y los alrededores del Palazzo Ricci donde se ubicaba originalmente su residencia, el libro ya merece la pena. En 1934 Mario Praz fue a vivir allí. En 1967 tuvo que trasladarse al Palazzo Primoli. Y aquí es donde ahora están los objetos que quedan de su colección para que el público los vea. Praz murió el 23 de marzo de 1982, hoy hace justo treinta y tres años. Hemos ido a visitar la «casa della vita» para rendirle un humilde homenaje.


Próximamente hablaremos de Via Giulia, la más hermosa de las calles de Roma para Annibale Caro y, simultáneamente maltratada, «profanada, destripada, amenazada de muerte con un desgarro que interrumpe irremediablemente su unidad» como dice Roberto Papini en una recensión del libro Strada Giulia de Ceccarius.

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18 marzo, 2015

Deshielo


Ayer al despertar oí el grito de la primera golondrina que ha llegado a Palma. Abrí corriendo la ventana y ya no estaba. No he vuelto a oírla pero esto quiere decir que en cualquier momento el cielo se llenará de gritos y carreras. Hace algún tiempo, en Islandia, muy cerca de este lago, nos adentramos en una playa donde anidan miles de charranes árticos. Son unos pájaros que van y vienen de un círculo polar al otro. Es el animal más viajero de la tierra. Cada año suele volar unos 80.000 kilómetros.

Las golondrinas, como los charranes, forman un griterío imparable, parlotean como si tuvieran muchísimo que contar y todo ello con suma urgencia. Los viajeros siempre tienen mucho que contar. Si no, es que no han viajado. El embajador holandés ante el rey de Siam pasó varias tardes explicándole al monarca las maravillas de su lejano país, adornando vistosamente su relato acerca de cómo era aquel territorio tan llano y acosado por el mar, cómo construían sus casas y los violines, cómo tramaban los tejidos y teñían de colores sus ropas, las ceremonias sociales, la elección de los síndicos y los ritos religiosos. También le dijo que «algunas veces en su país el agua se endurecía tanto durante la estación fría del año, que los hombres caminaban encima, y que soportaría hasta el peso de un elefante, si estuviera allí. A eso replicó el rey: “Hasta este momento he creído las cosas extrañas que me has relatado, porque vi en ti un hombre sensato y de honor; pero ahora estoy seguro de que mientes.”» *

Los viajeros tienen que ir con mucho cuidado para no mentir cuando cuentan lo que han visto.


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Tomamos todas estas fotos en la desembocadura del glaciar de Breiðamerkurjökull,
en el lago de Jökulsárlón, Islandia.

17 marzo, 2015

Cartas a San Pedro desde Rutenia

En un tratado bastante divulgado a lo ancho de la Europa renacentista, el Modus epistolandi (1488), Francesco Nigro daba unas pautas retóricas precisas y detalladas para la escritura de hasta veinte géneros de cartas. El primero de ellos es el commendatitium o de recomendación que, a su vez se divide en dos tipos, y cada uno de ellos en cuatro partes de obligado cumplimiento. Otros muchos humanistas, recogiendo igualmente y adaptando las ideas y ejercicios propios de los progymnasmata antiguos, echarán después su cuarto a espadas alrededor de estas normas retóricas. No solo Erasmo, Vives o Lipsio, la lista es larguísima: Gasparino Barzizza, Juan Lorenzo Palmireno, Giulio Cesare Capaccio, Bartolomé Bravo, Juan Vicente Peliger, Badius Ascensius, Sulpizio di Verola, Gaspar de Tejeda, Henri Estienne, Basin de Sendacourt, Heinrich Bebel, Valentinus Erythraeus, Pietro Bembo, Tomás Gracián Dantisco, Espinosa de Santayana, Moravus de Olomouc… Pues bien, aunque en ninguno de estos autores se encuentre una guía para escribir cartas de recomendación al Más Allá, éstas existen y se escribían regularmente con sus fórmulas justas. Y selladas y lacradas se debían entregar en mano nada menos que a san Pedro.

La noticia llegó a España desde Rutenia a mitad del siglo XVI y nos la cuenta en su cartapacio de notas manuscrito el humanista, numismático, arzobispo de Tarragona y hombre extraordinariamente curioso don Antonio Agustín (1517-1586). Vale la pena leer en el folio 23 de dicho cuaderno —conocido como Alveolus y escrito alrededor de 1555— esta tradición de la «iglesia rutena»: *

Rutheni populi Moschouitarum sunt Polonis contigui, quorum regem adgnoscunt; et in religione Patriarcham Constantinopolitanum, cuius ritum, ceremonias et instituta sequuntur. Eorum prouincia nunc Russia nuncupatur. Lingua Dalmatica loquuntur, cuius per uniuersum orientem magnus usus est; characteres mixti Grecis atque Barbaris Sclauonicis quos appellant. Hi populi ridiculam consuetudinem exequiarum obseruant. Mortuorum enim parentes affines propinquí et amici, litteras ab Archiepiscopo prouintiae suae accipiunt, et sigillo et subscriptione firmatas: quibus Archiepiscopus sancto Petro scribit, mortuum propinquum et amicum commendans; rogans mortuo liceat in consortium coelitum adscribi. Quae littere mortui manui inseruntur; unaque cum iis, tamquam eas diuo Petro Vitae Innocentiaeque suae testes redditurus, sepelitur. Emuntur autem magno tales littere; neque cuiquam nisi soluenti pecuniam conceduntur. Quo fit, ut pauperes eas non accipiant, scribuntur lingua Dalmatica. Earum formulam, ex ea lingua translatam in Latinam a Georgio Ticinensi Lithphano, infra suscribi iussimus:
 MACARIVS Dei gratia Ecclesiarum Domini Dei nostri in hoc corruptibili mundo uicarius, tibi Petro qui olim summus Christi in terris uicarius extitisti, notificamus: quod nuper non sine ingenii moerore, Dilecti filii Ecclesiae Dei, nobis rettulerunt; quendam Nicolaum Gregorii Filium, hanc miseriis plenam uitam reliquisse; in aliumque felicem ac deliciis plenum mundum commigrasse. In quo fidelium omnium animulae, omnibus desiderato Domini nostri Jesuchristi, eiusque matris incorruptae intuitu frui ac gaudere numquam cessant. Quas opera tua in regnum coelorum, cuius ianitor et clauiger existis, esse admissas receptasque nemo ambigit. Nam eam clauium potestatem, ipse humani generis restauratos, tibi iam in coelis uero in terris indubie concessit, quos suarum Ecclesiarum in hoc mundo presides esse uoluit.
Cum igitur officii nostri sit ad te, de conuersatione eorum qui relicto hoc mundo istuc commigrant, rescribere, ideo, indubiam tibi litteris his nostris fidem facimus Nicolaum Gregorii Filium, toto tempore uitae suae pie ac christiane uixisse, neminem offendisse, ac omnia Ecclesiarum Dei praecepta, diligenter obseruasse. Quem, prius quam deo conditori suo spiritum commodaticium reddidisset, ab omnibus suis peccatis, quibus diuinam Maiestatem aliquando offendit, absoluimus. Et, propterea iustum esse censemus, quod in conspectum Domini Dei conditoris nostri admittatur; electorumque Dei numero tuis meritis precibusque adiutus, adscribatur. Quod ut pro more officioque tuo facias, supplices petimus. Datum, etc. Sub manu, et sigillo nostro.

«Los rutenos, pueblos moscovitas, son vecinos de los polacos a cuyo rey reconocen, y en materia religiosa al Patriarca de Constantinopla, cuyo rito, ceremonias e instituciones siguen. Su territorio hoy se llama Rusia. Hablan el dálmata, de uso muy extendido por todo el oriente. Sus caracteres escritos son mezcla de los griegos y de bárbaros eslavos («sclavónicos»). Estos pueblos mantienen una ridícula costumbre en las exequias: los padres, parientes y amigos de los fallecidos reciben una carta del arzobispo de su demarcación, sellada y firmada por él. Es una carta de recomendación que el arzobispo dirige a S. Pedro, en favor del difunto, rogándole que sea inscrito en la compañía de los seres celestiales. Se coloca esa carta entre las manos del difunto, y con ella, como testimonio de su vida e inocencia ante S. Pedro, lo entierran. Esas cartas tienen un alto precio, y no se conceden sino a quien lo paga. Por ello no las reciben los pobres. Se redactan en dálmata. Hemos encargado la traducción de una de ellas al latín, que ha realizado Jorge de Pavía, y que sigue a continuación:

 "Macario, por la gracia de Dios vicario de las Iglesias de Dios nuestro Senor en este mundo corruptible, a ti Pedro, que fuiste en un tiempo sumo vicario de Cristo en la tierra, notificamos lo que ha poco nos han referido, no sin enorme tristeza, unos hijos queridos de la Iglesia de Dios: que un tal Nicolás, hijo de Gregorio, ha abandonado esta vida llena de miserias y que ha emigrado al otro mundo feliz y lleno de delicias, en el que las pequeñas almas de todos los fieles no cesan de disfrutar y gozar de la visión, por todas ansiada, de nuestro Señor Jesucristo y de su madre incorrupta. Y nadie duda de que, por tu acción de portero y depositario de las llaves del reino de los cielos, se las admite y recibe en él; pues el poder de las llaves lo concedió claramente el Restaurador del linaje humano a ti ya en los cielos y a nosotros en la tierra, de cuyas Iglesias quiso fuéramos prelados (presidentes) en este mundo.

"Siendo pues deber nuestro escribirte sobre la conducta de los que han dejado este mundo y han emigrado ahí, damos con esta carta testimonio indudable de que Nicolás, hijo de Gregorio, vivió piadosa y cristianamente todo el tiempo de su vida, no ofendió a nadie, y cumplió con esmero todos los mandamientos de las Iglesias de Dios. Al cual, antes de entregar su espíritu sumiso a Dios su creador, absolvimos de todos los pecados, con los que alguna vez hubiera ofendido a la divina Majestad. Por tanto consideramos justo que sea admitido a la presencia de Dios el Señor, nuestro creador; y que sea inscrito en el número de los elegidos, con la ayuda de tus méritos y oraciones. Pedimos suplicantes que según tu acostumbrada condescendencia lo concedas. Dado en… De nuestra mano y sello."» (Alveolus. Manuscrito escurialense S-II-18, Madrid: FUE, 1982, 33-35. Trad. de C. Flores Sellés)


Dispara nuestra imaginación el alto precio que –se nos advierte– habría que pagarle al arzobispo ruteno por las cartas, cosa que las hacía inasequibles a los pobres: ¿cómo sería entonces el mercado negro, los robos en los cementerios para cambiar el nombre del difunto sobre el papel y ponerlo entre las manos de otro menos afortunado, los trabajos de los habilidosos falsificadores de firmas y sellos, tan expertos que podían engañar al mismísimo portero del Paraíso…? ¿O este modo de pensar es inimaginable en un ruteno y solo se nos ocurre a nosotros, tan maleados por la picaresca ibérica?

Pero, si así fuera, ¿cómo es que había llegado una de estas cartas hasta las manos de don Antonio?


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Todas las imágenes de estandartes y banderolas procesionales de esta entrada provienen de varios pueblos rutenos y se custodian en el Museo de Iconos de Leópolis/Lemberg/Lwów/Lviv.

15 marzo, 2015

Un cronista del Cáucaso

La Tiflis de Ermakov: La plaza del mercado (Maidan) de la ciudad vieja con la mezquita chií y el antiguo puente sobre el Kura


Esta historia suele empezar a contarse donde empiezan otras grandes historias: a orillas del Nilo y en Tierra Santa, con aquellos fotógrafos que, desde 1840 en adelante, en sus álbumes proporcionaban una visión popular del Oriente próximo al público europeo, pronto ampliada con las postales de los participantes en el Grand Tour victoriano y sus imágenes de las atracciones locales. De esto hablaremos más adelante. Pero nosotros partiremos de Rusia en un recorrido menos divulgado, de la mano de unos maestros que empezaron a tomar fotos en el Cáucaso y en Asia Central, y llegaron a Persia y Anatolia. Entre ellos —quizás no el primero pero uno de los más influyentes— estaba el fotógrafo Dmitri Ermakov, de Tiflis (1846-1916).


Tiflis (Tbilisi a partir de 1936), «la joya del Cáucaso», que había girado durante siglos en la órbita de la cultura persa y quedó bajo soberanía rusa sólo en 1801, con su mezcla de armenios, azeríes, georgianos, persas, rusos, alemanes, franceses, fue un puente cultural, político y comercial único —hasta una fecha tan relativamente próxima como 1917— entre Rusia, Europa Occidental y el Medio Oriente. Hemos mencionado que la revista satírica Molla Nasreddin que inspiró a un gran número de publicaciones similares desde Teherán a Bucarest, fue fundada por un editor en jefe iraní de Azerbaiyán, ilustrada por dos dibujantes alemanes locales y dirigida, en turco (azerí) y a veces en ruso, por un consejo internacional en Tiflis entre 1906 y 1917. Las raíces de Ermakov eran igualmente complejas. Su padre, Luigi Cambaggio fue un arquitecto italiano y su madre una pianista muy afamada de una familia austro-georgiana que más tarde adoptó, junto con su hijo Dmitri, el nombre ruso de su segundo marido

Molinos de agua en la ribera del Kura, en la crecida de 1893. Abajo: un detalle de la imagen. Otros detalles aquí


Ermakov se graduó en la academia topográfica militar de Ananuri, a un centenar de kilómetros al norte de Tiflis. Allí hizo su primera incursión en la fotografía, que en la década de 1860 ya formaba parte regular de los planes de estudios de las academias militares. Poco después, a principios de los años 70 abría su estudio fotográfico particular en Tiflis, en la Dvortsovaya que para entonces se había convertido en la calle de los fotógrafos. Fue aquí donde en 1846, sólo siete años después de la invención de la fotografía, Henrik Haupt dispuso el primer estudio de Georgia, y aquí funcionó también el estudio «Rembrandt» del mayor fotógrafo contemporáneo georgiano, A. Roinashvili. Es muy probable que Ermakov  se hiciera cargo también de otro estudio que ya estaba instalado antes, el de Ivanitsky, inaugurado en 1863.

La Dvortsovaya en la década de 1870. Foto de Ermakov

Poco después de la apertura del estudio, Ermakov se convirtió en miembro de la Société Française de Photographie, por entonces la más prestigiosa. No sabemos quien lo promocionó como miembro de esta sociedad que tiene una estricta política de admisión. Lo seguro es que ya envió 17 imágenes a la Bienal de París de 1874, todas ellas de la ciudad de la costa del Mar Negro, Trebisonda (Trabzon), en Turquía. Por entonces parece seguro que tuviera también allí un estudio, pues han sobrevivido un montón de fotos suyas de la región en este período.

Un mulá persa de Batumi

A finales de los años 70 fue ampliamente reconocido como fotógrafo de categoría. Ganó premios en numerosas exposiciones en Moscú, Italia, Turquía y Persia. Su presencia en este último país le llevó a tomar regularmente fotos de la corte persa y de muchas familias aristocráticas hasta serle concedido el título de fotógrafo de corte del Sha.

Zeli-Sultan, hijo del Sha de Persia, en uniforme austro-húngaro  (!)

«En la galería de la corte del Sha de Persia hay un gran número de pinturas que representan al propio Sha: en su mayoría, obras mediocres. En estos días, sin embargo, tuvimos ocasión de ver un gran retrato de medio cuerpo del Sha, pintado por el artista de Tiflis Sr. Kolchin tomando modelo de una fotografía del Sr. Ermakov. Quien haya visto anteriormente algún retrato del Sr. Kolchin, Shishkov, Korganov o Penchinsky, no se sorprenderá por la brillante calidad de este retrato. Pronto, este cuadro será entregado a la corte de Teherán, donde, al parecer, esta será el primer objeto de arte ruso».

— Escribía en 1884 el periódico de Tiflis Kavkaz. Esta noticia arroja una luz interesante sobre una aplicación de la fotografía típica de finales del siglo XIX: servir de modelo para retratos pintados, ahorrando así las largas horas de pose del modelo. Ermakov incluso tuvo por un tiempo un taller compartido con Pyotr Kolchin en Tiflis; y uno de los más grandes fotógrafos de Estambul, Pascal Sébah hacía fotos de modelo para el pintor de moda otomano Osman Hamdi Bey.

Derviche persa

La reputación y el entrenamiento militar de Ermakov le ganaron el nombramiento de fotógrafo oficial del frente del Cáucaso en la guerra ruso-turca de 1877-1878. En tanto que sus fotos fueron consideradas documentación militar no han estado disponibles.

Médicos y enfermeras, y (abajo) oficiales georgianos tomando un respiro en la guerra ruso-turca


La pasión y especialidad de Ermakov, sin embargo, era la fotografía etnográfica. Hizo largos viajes a los valles más remotos de la región del Cáucaso, en Asia Central y Anatolia, donde fue el primero en tomar fotos de los habitantes de pueblos de diferentes nacionalidades.

Hombres y mujeres de las montañas georgianas


Teniendo en cuenta las necesidades de la tecnología disponible entonces, la enorme cámara, las grandes —por lo general de 50 × 60 cm— placas de negativos de vidrio utilizadas preferentemente por Ermakov, y el cuarto oscuro portátil, estas excursiones eran verdaderas expediciones con caravanas de mulas y tiendas de campaña. Y además, en su mayoría, por terrenos montañosos donde ni siquiera era tarea sencilla organizar expediciones militares.

Una foto de la serie de carreteras militares georgianas

La fotografía etnográfica no era tan sólo una pasión, también significaba una buena inversión para la empresa de Ermakov. Para los círculos sociales de San Petersburgo y Moscú, el Cáucaso era desde Pushkin y Lermontov el exótico Oriente, la tierra de una intacta, noble sencillez y de un misterioso atractivo, al igual que el norte de África lo era para el artista europeo occidental contemporáneo. La inimaginable diversidad étnica del Cáucaso se puso difundió desde el principio del siglo en un gran número de álbumes grabados y litografías para el público culto. Con los años, Ermakov publicó ciento noventa y dos álbumes similares con sus propias fotos sobre las etnias, pueblos y ciudades, las carreteras y los monumentos de la región del Cáucaso. En su catálogo impreso se promocionaba, ya en el cambio de siglo, con un asombroso stock de 25.000 fotos.

Catálogo de Ermakov, 1901

Comerciantes de gorros de piel en el bazar de Tiflis

Sin embargo, lo que capta el espectador de hoy en la mayoría de fotos de Ermakov es su atención al modelo no como curiosidad etnográfica, sino como persona; una atención que elimina la distancia en tiempo y cultura y crea una relación entre nosotros y el modelo; una sensibilidad que es privilegio de muy pocos fotógrafos, entonces y ahora.

Hombre turco

Princesa Lazareva en vestido tártaro

Hombre persa

Al morir Ermakov en 1916 el conjunto de su enorme material fotográfico fue comprado por la Universidad de Tiflis, de donde más tarde llegó al Museo Estatal de Tbilisi. Las décadas que siguieron no fueron favorables a su publicación. Hasta donde hemos podido averiguar, no se hizo álbum, monografía o exposición importante alguna. Algunas de las fotos vendidas por él a Occidente fueron finalmente exhibidas en la década de 1990, pero no conocemos ningún catálogo. Sus álbumes originales son una rareza incluso en las grandes bibliotecas. Sólo tenemos noticia de algunos cientos de fotos de un legado de muchos miles. Si alguna vez se hacen públicas, será un acontecimiento muy importante.

El viejo puente del Maidan y porteadores de agua con sus caballos

El hijo de Ermakov, primer psicoanalista ruso, murió preso en 1941, víctima de las purgas estalinistas. Un bisnieto de Ermakov vive hoy en Moscú. Es diseñador y fotógrafo, un buen fotógrafo por cierto. En su blog de vez en cuando publica alguna foto escaneada de la herencia de su bisabuelo. Él es una de las fuentes más abundantes de las imágenes que reproducimos aquí.

Dama georgiana

Otra fuente importante es la colección de la Biblioteca Pública de Nueva York, en concreto el legado de George Kennan que ellos digitalizaron. George Kennan fue el primer estadounidense, en la década de 1870, en viajar a través del Cáucaso, donde compró montones de imágenes de fotógrafos locales. Entre ellas figuran algunas de Ermakov. Lo sabemos porque a veces así anotó su nombre el propio Kennan, o por los títulos característicos del autor impresos en minúsculas cirílicas. Es muy probable que otros legados contemporáneos también incluyan fotos compradas a Ermakov.

Casa de Tiflis

Una tercera fuente es el sitio web de Rolf Bruto que en la década de 1980 dio una conferencia en Tbilisi. Al ser amigo del director del museo, recibió algunas pruebas de impresión de fotos de Ermakov hechas para exposiciones y calendarios locales, que de otro modo habrían acabado en la papelera. Ahora, pasados veinte años, las ha publicado en Internet. Una parte ya era bien conocida, pero hay una veintena de fotografías publicadas aquí por primera vez.

La calle que conduce al Jardín Botanico, con la mezquita suní

Hemos intentado poner en el siguiente mapa de la región del Cáucaso las casi trescientas fotos de Ermakov que hemos logrado recopilar, pero es más un fondo evocador que la localización precisa, pues la mayoría de imágenes disponibles son de Tiflis. Es seguro que as escenas representadas en la mayoría de ellas ya no existen. El bazar, la mezquita chií, el famoso puente del Maidan, los edificios más bellos y característicos de la antigua Tiflis se destruyeron todos. Hoy día solo se puede respirar el ambiente de las fotos de Ermakov en el barrio Avlabari, del cual no tenemos muchas fotos suyas. Del antiguo Tiflis, sin embargo, tenemos una gran colección de fotos tanto de Ermakov como de otros fotógrafos. Queremos publicarlas vinculándolas al punto correspondiente de algún mapa de fin-de-siècle de la ciudad respectiva, reconstruyendo así  la antigua Tiflis perdida.

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J. Grassl: Karte des Kaukasischen Isthmus, 1856. • Vista rápida (5 MB)Original (21 MB)

Mujer armenia con un niño, de Shusha

Después de publicada esta entrada ha aparecido otra serie de fotos de Ermakov. Ya no las sumaremos al mapa de arriba, sino que las dispondremos en forma de mosaicos con los que iremos ampliando gradualmente esta colección para ofrecerla a los interesados.

Judío de Akhaltsikhe, al sur de Georgia

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Territorio kubán, aúl de Biberdov, mujeres abjazas

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Akhtani, entrada a la iglesia

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Tiflis, arrastre de una viga de 24 arshin con una yunta de bueyes